Mis primeras novelas de emoción e intriga fueron varios tomos de
Agatha Christie y de
Conan Doyle que mi padre había comprado a un vendedor de ediciones
Aguilar que se presentó en casa. Venían lujosamente encuadernadas e impresas en papel de biblia, así que había que tratarlos con mucho
cuidadito si no querías enfrentarte a una bronca segura. Ni decir tiene que a mí semejantes advertencias no me hacían falta, ya que desde pequeña tengo una manía especial con los libros. No me gusta doblarlos, ni marcar las hojas, ni escribir en ellos (incluso en los del colegio procuraba escribir lo menos posible y siempre a lápiz). Resumiendo, que después de leerlos me gusta que se queden como los encontré.
Mientras leía aquellos libros me regodeaba haciendo conjeturas sobre quienes eran los asesinos o ladrones, como habrían cometido el delito y como se las apañaban para evitar que insignes detectives como
Sherlock,
Poirot o
Miss Marple les echaran el guante. Me felicitaba por lo lista que había sido descubriendo a tal o cual sospechoso. Pronto aprendí que tanto
Conan Doyle como
Agatha Christie eran unos tramposos
redomados, pues nunca daban las pistas suficientes para que el lector pudiera descubrir al verdadero culpable y el detective de turno siempre se sacaba de la manga a ultima hora algún detallito que ¡oh casualidad! era la clave del caso en cuestión.
Más tarde descubrí otras novelas donde sí te daban datos suficientes (o eso pensaba yo) pero lo divertido era que seguías sin adivinar quién era el culpable porque las pistas te llevaban a conclusiones
completamente equivocadas o porque hasta el final no quedaba claro cual de los sospechosos era el autor del crimen. Porque no nos engañemos, la gracia de este tipo de literatura está en intentar descubrir al asesino antes de que te lo cuenten.
Así crecí, totalmente aficionada a los "
murder misteries", la perfecta compañía en esos días de verano tumbada bajo una sombrilla. Y por ello en el verano del 2009, mientras corríamos
Positano arriba,
Pompeya abajo, aproveché una
paradita en
Sorrento y me compré una novela que me recomendó
Farala:
The good husband of Zebra Drive.

Sinceramente, no encontraba manera de conectar ya que no había
prácticamente acción. Sólo el misterio de por qué los pacientes que se alojaban en cierta habitación de un hospital caían como moscas a pesar de no estar en peligro de muerte. El caso es llevado por una señora que tiene una agencia de detectives y a la que me imaginaba estilo
Miss Marple (en negra) y con una mentalidad igual de pueblerina, pero al ser de
Botswana como que
identificarme me costaba un poco más. Y en esas andaba yo, con el libro aparcado, pero ya se sabe, el
efecto Zeigarnik no hacía más que comerme la oreja y de vez en cuando le daba una avanzada de un par de páginas ya que entre que me ponía a averiguar por dónde iba y refrescar un poco la memoria con los acontecimientos hasta ese punto, la verdad es que no me daba para más.
Hasta que llegó
Almamater y su
martes insólito, concretamente el punto 4. No daba crédito. ¿Podría ser que la novela que
no estaba leyendo estuviera basada en "hechos reales"? No tuve más remedio que adelantarme hasta el final y cotillear para acabar con aquel sufrimiento que se prolongaba ya un año y pico. Y ¡bingo! final destripado. Tampoco es que me haya dado un
disgustazo porque a saber si me lo hubiera acabado en la vida, pero me gusta terminar los libros que empiezo (otra manía tonta).
Estoy de acuerdo en que cada cual lee como puede o más bien como quiere. Pero jamás de los jamases comprenderé a los que después de llevar apenas un par de capítulos ya están echando una ojeada al final para ver cómo acaba, se trate el libro de lo que se trate. A mi entender le quita toda la gracia al asunto.
Spannungsbogen: literalmente, secuencia de sucesos en una película u obra de teatro que crean suspense o tensión. Para los más frikis es la demora que se impone uno mismo entre el deseo de algo y el acto de conseguirlo.