Amparo (editado)

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Allá por el 2004 creo recordar, mi ex me propuso un veranito intenso. El plan era hacer el Camino de Santiago y el descenso del Sella con sus coleguis y luego irnos a la playa por nuestra cuenta. Por aquel entonces (y ahora también, ¡qué leches!) sólo disponía de dos semanas de vacaciones en verano y pasaba de tirarmelas penando andando por esos caminos de dios, cargando con una mochila y peleándome por una cama en un albergue. Así que mientras ellas empezaron el camino en Astorga, yo me uní a ellas en Sarria once días después para completar los últimos 110 km en cinco cómodas etapas.

Llamaba a mi ex a diario para ver qué tal les había ido y no me contaba más que penurias, que si a una le habían rozado las botas, la otra iba con sobrecarga muscular, la de más allá con unas ampollás que pa qué. Para cuando quise empezar a caminar iba cagada porque el panorama que me encontré fue tal que así

(El detalle a observar en esta foto son los pies, no el culo, que os conozco)


La cosa llegó a empeorar hasta tal punto que mi ex no podía ponerse calzado cerrado y tuvo que hacer las dos últimas etapas en alpargates con dos compresas pegadas en las plantas. Nunca olvidaré la marca de las dichosas compresas, Femiday. Las buscamos a conciencia en el supermercado del pueblo. Nada de ultrafinas con alas ni mariconadas de esas. Las Femiday eran un troncho de algodón de un dedo de gordo, que como compresa debían ser un horror de incómodas pero como plantillas le salvaron la vida oyes.

¿Alguien más puede decir que se ha cambiado de compresa en medio de la calle?


Yo iba superpreparada con cremas y potingues varios para los pies y la verdad es que no me salió ni una ampolla. Mi ex flipaba porque decía que las plantas de mis pies tenían el tacto de las de un gato. Exageraciones suyas. Sea como fuere pude acabar el camino sin un rasguño y con cierto sentido de culpabilidad por ello. Pero está visto que el karma es muy cabrón y me la ha estado guardando hasta el sábado pasado.

Unas cuantas bolloblogueras y amigas decidimos echarnos una pachanguita de baloncesto. Como estábamos casi en cuadro jugamos un cuatro para cuatro dejando un cambio por banquillo para poder rotar y no echar los higadillos en la cancha. A los 5 minutos de empezar nos dimos cuenta de que aquello nos seguía quedando grande y decidimos jugar en un solo campo. Aún así una hora de juego da para correr largo y tendido y como soy más bruta que un arado creo que fui la única que jugó todo el partido, y cuando llegó el descanso yo ya iba notando esa desagradable sensación de ir pisando sobre el liquidillo de una ampolla en formación. Para cuando acabó la pachanga y me quité el calcetín, ya no tenía ampolla. Había desaparecido y en su lugar tenía un cráter.
Os presento a mi cráter, Amparo

A lo que hay que sumar: un dedo machacado de un balonazo, que ahora empiezo a doblar del todo, una rodilla magullada (juro que no sé contra qué o más bien quién me la golpeé)


Y un corte en el pómulo, que por muy increíble que os parezca me lo hicieron las gafas, eso sí, clavándoseme al chocar contra ellas un balón que iba a la velocidad de la luz (km/s arriba o abajo). A día de hoy sigo teniendo resentida la napia del golpetazo.



Para que luego digan que el deporte es salud.

En fin, chatas, que la próxima pachanguita a las chapas o a la petanca.